Cómo una planta cambió mi vida

Mi nombre es Margarita Rosa Calle, tengo 24 años y vivo en Medellín; soy una persona apasionada de la música, el emprendimiento y la escritura. Yo creo que todos podemos generar un gran cambio al mundo con pequeñas acciones. 

Siempre me consideré una persona amigable con el medio ambiente: tomaba una ducha no mayor a diez minutos, evitaba el pitillo en cualquier producto de bebida que consumía, trataba al máximo de separar la basura que producía: como mínimo en lo que era orgánico e inorgánico. Buscaba hacer un pequeño pero significativo cambio con la casa que me dio la vida: la tierra, la naturaleza, este hermoso y privilegiado planeta que me vio nacer, crecer y algún día me verá morir.

Pero todas estas pequeñas acciones siempre las hice pensando en retribuirle un poquito todo lo que me brindaba y compensar de alguna forma el inmenso daño que tantos de mis hermanos le hacen hasta el punto de afectarla.

Procuraba hacerle bien a la naturaleza para cuidarla, preservarla y evitarle más daños, pero hasta hace poco entendí que no es solo eso porque ella también me cuida, preserva y me evita más daños y pude asimilar que todo acto que realizaba en pro de la naturaleza también era en pro de mi bienestar.
Esto no fue lo único que comprendí, quién tiene plantas en sus espacios cotidianos: como la casa o la oficina y es plenamente consciente de su presencia, no solo como un hecho decorativo sino como dador de vida, comienza a generar con ellas una conexión, a establecer una relación que enriquece tanto el cuerpo como el espíritu.
Precisamente eso fue lo que me ocurrió, comencé a estar más atenta y pendiente de que esa planta que estaba a mi alrededor: crecía, germinaba y se nutría del mismo espacio en el que yo lo hacía.
Costó entenderlo al principio porque los humanos somos seres de procesos, pero pude empezar a ver que ella me hablaba: en su color, en la humedad de su tierra, en la forma en la que brillaba y estaba en su posición y si darme cuenta fui comenzando a establecer una relación con ella.
Al respirar el aire que compartíamos noté que me enfermaba menos, mi estado de ánimo era mejor y cuando veía a mi planta fresca y cómoda mi satisfacción aumentaba.
Tener esa planta me cambió la vida porque me ayudó a ver desde otra perspectiva lo que nos equipara a todos como integrantes de la naturaleza, al fin y al cabo, somos partes de una misma creación que nos complementa y unifica.
Somos más parecidos de lo que pensamos de las plantas y ellas nos hacen más bien del que podamos imaginar y abarcar.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *